Un blog de la Dra. Natalia Ruiz inspirado en los Grupos de Desarrollo de Conciencia de Semiología de la Vida Cotidiana.
Ve a la Dra. Natalia Ruiz de Otero en entrevista para "Punto y Coma" de Excélsior Tv aquí.

El grupo escuchaba la molestia de Daniela, sabiendo que ella tenía las mejores razones para sentirse así: “La sesión pasada al salir de aquí, mientras subía a mi coche, vi como algunos de ustedes se quedaron hablando de mí en la calle. No puedo decir exactamente de qué, pero estoy segura que les molesta el que yo sea tan callada en los encuentros. No sé por qué la gente siempre habla de mí a mis espaldas, no entiendo por qué no me dicen las cosas de frente. ¡Me molesta la hipocresía y la falta de honestidad!”.

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“El grito más desesperado de la Huella de Abandono es: «necesito a alguien que me necesite»”. –Dr. Alfonso Ruiz Soto.

El grupo experimentaba una sensación de preocupación y frustración al escuchar las palabras de Andrea: “Ayer cumplí 15 años de matrimonio con mi esposo. Otro pretexto más para que acabara tan alcoholizado como siempre. Me siento desesperada porque el tiempo pasa y no veo que cambie. Dejó de ir a sus reuniones en AA porque me dijo que ya no las necesitaba, que ya había entendido que el alcohol le hacía daño. Ocasionalmente se tomaba una copa de vino, pero sin darme cuenta, otra vez, se me salió de las manos, ¡ya volvió a caer en lo mismo!”.

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La confesión de Fernanda fue algo que el grupo nunca pensó escuchar: “Ustedes han sido testigos de lo mucho que deseé ser mamá, tanto tiempo intentando quedar embarazada sin poder lograrlo y de pronto sucedió. Es duro decirlo, pero estos siete meses, desde que nació la niña, han sido los días más tristes de mi vida. ¡No puedo más! Nunca me imaginé que esto era la maternidad, suena horrible, pero de ninguna manera puedo sentir que amo a mi hija. Cada vez que la miro me da la sensación de que no me necesita y entonces me recrimino por haberla tenido. ¡Descubrirme en un callejón sin salida me tiene desesperada!, no sé cómo lograré vivir mi vida así”.

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Mercedes prefería observar y escuchar al grupo antes que exponerse a sí misma, pero esta vez su necesidad de hablar fue más fuerte: “Estoy confundida. Llevo ya meses sintiéndome mal, de pronto me vinieron unos dolores muy fuertes en el vientre y pensé que podía ser colitis. La semana pasada fui al doctor y me pidió unos análisis. Ayer me los entregaron y resulta que tengo una infección genital que, según el médico, solo puede trasmitirse por vía sexual. Hablé con mi esposo, porque eso quiere decir que él es el único que pudo haberme infectado. Le pareció de lo más extraño y me aseguró que él no tiene ningún síntoma; ya no supe ni qué pensar. ¿Será que el doctor se equivocó?, ¿habrá otras maneras en las que me pude haber contagiado?”.

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A medida que Carmen hablaba el grupo se acercaba a ella: “Todos los días cuando me baño espero a que el vapor empañe el vidrio para escribir su nombre. Esos instantes en que veo la puerta de mi regadera con la palabra Tomás me hacen sentir que él está vivo y que me grita ‘mamá’. Pero cuando el vapor desvanece lo escrito, vuelvo a revivir la pérdida, simplemente observo cómo va desapareciendo su nombre frente a mí y el dolor crece nuevamente. Ya hace tiempo que mi pequeño Tomás se fue y todavía no sé de dónde he sacado las fuerzas para seguir adelante”.

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Isabel esperaba el momento indicado para decirle al grupo lo que le había ocurrido la sesión pasada: “Tengo que confesar que en el último encuentro me fui de aquí sintiéndome muy arrepentida por lo que compartí con ustedes. No puedo creer que me atreví a decir lo que dije. Siempre me repito a mí misma que «calladita me veo más bonita». Sin duda esta vez, hablé de más”.

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Amanda prefirió esperar unos segundos antes de ser la primera en romper el silencio: “Ya me cansé, no puedo seguir viviendo con un hombre así de egoísta. ¿Por qué será tan difícil para él tomarme en cuenta? Apenas ayer supe que pasaremos las fiestas de fin de año en un viaje con su familia; ya compró boletos, armó el itinerario y a mí ni me preguntó si estaba de acuerdo. ¡El coraje que siento me está matando!”.

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Sofía llegó al encuentro y sin percatarse envolvió sus palabras con un aire triunfal. “Me parece tan triste ver en lo que se ha transformado la vida de mi hermana, literalmente se ha convertido en la sombra de su esposo. No trabaja y no hace nada de su vida, todo el día está con sus hijos, obsesionada con educarlos y francamente no sé si le funcionan sus estrategias. Pero además, ¡yo no podría ser una mantenida, de verdad, no sé cómo lo tolera! Pobre, no me puedo ni imaginar lo vacía que debe sentirse. ¿No estará deprimida?”.

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“¡La cosa está que arde!” Dijo Verónica buscando complicidad con el grupo. “¿Se acuerdan que les platiqué de mi cliente, el hombre alto y atractivo al que le mostré un departamento?, pues finalmente se decidió a comprarlo, así que le llevé los papeles que tenía que firmar. Generalmente todo lo veíamos a través de su secretaria, pero esta vez me citó en su casa.

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